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Gestión

Mercado cambiante

Si estás por seleccionar personal, tené en cuenta esta habilidad clave

Qué perfiles rinden mejor en un mercado laboral incierto

Por Redacción

El mercado laboral de hoy se caracteriza por el utradinamismo. ¿Qué cualidad conviene fomentar en los equipos de trabajo?

En un contexto de transformación acelerada, el fin de la estabilidad laboral no solo redefine carreras: también impacta de lleno en la productividad, la salud mental y los resultados de negocio.

Durante décadas, el modelo fue claro: estabilidad a cambio de previsibilidad y obediencia. “Tener la vaca atada” no era solo una expresión, sino un contrato tácito que ordenaba la vida laboral y organizacional. Ese esquema garantizaba cierta continuidad en los equipos, menor rotación y trayectorias profesionales lineales.

Hoy, ese modelo se desarmó. Las “vacas sueltas” describen un mercado de trabajo dinámico, incierto y en constante redefinición. Automatización, inteligencia artificial, fusiones y reestructuraciones están modificando roles, estructuras y expectativas a una velocidad inédita. Sin embargo, el mayor impacto no es tecnológico, sino humano: una parte significativa de la fuerza laboral no está preparada para operar en este nuevo entorno.

Productividad en riesgo: el impacto que no se mide

El cambio de paradigma tiene consecuencias concretas. A nivel global, millones de jornadas laborales se pierden cada año por depresión, ansiedad y burnout. En las organizaciones, esto se traduce en menor productividad, aumento del ausentismo, rotación no deseada y dificultades para sostener el desempeño en el tiempo.

A esto se suma una brecha de percepción: mientras las empresas avanzan hacia modelos más flexibles y menos estructurados, muchos profesionales siguen esperando condiciones de estabilidad que ya no existen. El resultado es una desconexión que impacta en el compromiso y en la capacidad de adaptación.

El problema no es solo la velocidad del cambio, sino la falta de herramientas para procesarlo. En este escenario, emerge un fenómeno todavía subestimado en la agenda empresarial: el dolor laboral.

Dolor laboral: cuando el problema no es técnico

Según Analía Tarasiewicz -psicóloga del trabajo y especialista en Dolor Laboral en la nueva era- el dolor laboral no se limita al estrés o la insatisfacción. Es un estado de desestabilización psicoemocional que afecta directamente la capacidad de trabajar. Una persona atravesada por incertidumbre, miedo o agotamiento opera en modo supervivencia: reacciona, evita, se paraliza o rota. Pero difícilmente pueda innovar, aprender o sostener decisiones de calidad.

Esto tiene un impacto directo en los resultados. Equipos con dolor laboral activo presentan mayores niveles de error, menor capacidad de ejecución y dificultades para adaptarse a nuevos desafíos, incluso cuando cuentan con las herramientas técnicas necesarias.

A diferencia de otras crisis, la actual combina tres dimensiones simultáneas. La personal, vinculada a historias individuales y situaciones de vida. La organizacional, atravesada por cambios estructurales, nuevas tecnologías y culturas en transición. Y la macro, marcada por la inestabilidad económica y social. La superposición de estos niveles amplifica el impacto y vuelve más compleja la gestión.

El error estratégico de mirar solo las habilidades

Frente a este escenario, muchas organizaciones concentran sus esfuerzos en la capacitación técnica: nuevas herramientas, habilidades digitales, reconversión de roles. Sin embargo, subestiman una variable crítica: el estado emocional desde el cual las personas trabajan.

La evidencia es clara: el desempeño no depende únicamente de lo que un colaborador sabe hacer, sino de su capacidad de sostenerse en contextos de incertidumbre. Sin ese soporte, cualquier estrategia de transformación pierde efectividad.

En paralelo, a nivel individual, persiste una visión simplificada de la reinvención laboral. Actualizar el CV, sumar competencias o cambiar de industria son movimientos necesarios, pero insuficientes si no están acompañados por una base psicoemocional sólida. La adaptación no es solo técnica, también es interna.

De la dependencia a la autonomía: un cambio no resuelto

La “vaca suelta” no es solo una metáfora del contexto actual. Es una exigencia concreta de reconfiguración del vínculo con el trabajo. Implica pasar de la dependencia a la autonomía, de la obediencia a la toma de decisiones y de la previsibilidad a la adaptación constante.

El problema es que ese pasaje no es automático. Requiere desarrollar recursos que no eran necesarios en el modelo anterior: tolerancia a la incertidumbre, capacidad de redefinir objetivos, gestión emocional y construcción de una identidad profesional más flexible.

Sin ese desarrollo, tanto empresas como trabajadores quedan atrapados en un modelo que ya no existe, pero cuyas expectativas siguen vigentes.

Qué deberían mirar hoy las organizaciones

El desafío es doble. Por un lado, reconocer que el dolor laboral dejó de ser un problema individual para convertirse en una variable estructural que impacta en los resultados. Por otro, ampliar la mirada sobre la transformación del trabajo.

Esto implica incorporar la salud mental como parte de la estrategia de negocio, no como un beneficio accesorio. También requiere desarrollar liderazgos capaces de gestionar en incertidumbre, detectar señales tempranas de desgaste y construir entornos que favorezcan la adaptación.

No se trata de reemplazar la agenda de productividad, sino de entender que, sin condiciones psicoemocionales adecuadas, esa productividad no es sostenible.

En un contexto donde las reglas cambian de manera permanente, la ventaja competitiva ya no estará solo en la tecnología o en las habilidades técnicas, sino en la capacidad de las organizaciones y las personas para sostenerse, decidir y actuar en medio de la incertidumbre.

La pregunta, entonces, no es cómo volver a atar la vaca, sino cómo aprender a generar valor cuando definitivamente está suelta.

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