Por Redacción
La sociedad cambió, amplió su mirada y empezó a revisar cosas que durante décadas se dieron por normales.
El humor siempre fue un reflejo bastante fiel de la época en la que se produce. Lo que en los años 70, 80 o incluso 90 hacía reír sin demasiadas preguntas, hoy muchas veces genera incomodidad, debate o directamente rechazo. No porque antes todo estuviera bien, sino porque la sociedad cambió, amplió su mirada y empezó a revisar cosas que durante décadas se dieron por normales.
Al volver a ver películas viejas, programas de televisión o comedias clásicas, es muy común pensar: “¿Esto antes causaba gracia?”. La respuesta es sí. Y no necesariamente por maldad, sino porque el humor evoluciona junto con los valores sociales, los límites culturales y la sensibilidad colectiva.
Un humor atravesado por su contexto
Los chistes y situaciones cómicas del pasado estaban profundamente marcados por el contexto histórico. Durante muchos años, el público se reía de personajes exagerados, estereotipos claros y situaciones hoy consideradas políticamente incorrectas, sin cuestionarlas demasiado. Eran productos pensados para entretener, no para invitar a reflexionar.
Muchas películas que hoy siguen siendo populares forman parte de ese universo. Continúan viéndose, recomendándose y ocupando un lugar importante en la memoria colectiva, aunque vistas con ojos actuales dejan en evidencia ciertos recursos narrativos o vínculos entre personajes que hoy se leerían distinto. Un ejemplo claro es Mujer bonita, una comedia romántica que sigue siendo querida, pero que también permite notar cómo han cambiado las miradas sobre los roles, el dinero y las relaciones.
Estereotipos raciales que envejecieron mal
Uno de los casos más evidentes de humor que no resistió bien el paso del tiempo es el uso de estereotipos raciales. Durante décadas fue habitual ver actores interpretando personajes de otras etnias de forma caricaturesca, exagerando acentos, gestos o comportamientos con fines humorísticos.
En muchas comedias clásicas aparecían figuras como el sirviente sumiso, el comerciante con acento marcado o el personaje extranjero reducido a un puñado de clichés. En su momento, estos personajes hacían reír al público mayoritario; hoy resulta evidente que lo hacían a costa de ridiculizar culturas enteras.
En España y Latinoamérica también hubo una larga tradición de chistes basados en nacionalidades o grupos sociales que circularon durante años sin demasiados cuestionamientos. Actualmente, ese tipo de humor genera rechazo porque se entiende que refuerza prejuicios más que provocar una risa genuina.
Chistes sexistas y roles de género rígidos
Durante gran parte del siglo XX, el humor se apoyó fuertemente en roles de género muy marcados. El hombre aparecía como la figura dominante, segura y con autoridad, mientras que la mujer quedaba relegada al papel de ama de casa torpe, esposa obediente o simple objeto decorativo.
Bromas como “mujer al volante, peligro constante” se repetían sin culpa, y era habitual que el conflicto gracioso girara en torno a maridos que “sufrían” el matrimonio o esposas ridiculizadas por opinar o contradecir. Incluso situaciones de violencia doméstica llegaban a tratarse como gag, algo que hoy sería impensable presentar como humor.
Este tipo de chistes, basados en la desigualdad y la cosificación, hoy generan rechazo casi inmediato. Los cambios sociales hicieron que los roles rígidos ya no resulten graciosos, sino incómodos.
La homofobia usada como remate
Otro recurso muy frecuente en el humor de otras décadas fue la homofobia disfrazada de chiste. Bastaba con insinuar que un personaje podía ser gay para que eso funcionara como remate humorístico.
Abrazos “equivocados”, gestos considerados afeminados o situaciones confusas solían ir acompañados de risas grabadas. Los personajes LGBTQ+ aparecían como caricaturas exageradas, pensadas para provocar gracia fácil. Hoy, ese tipo de representaciones generan incomodidad porque se entiende que reírse de una identidad no es humor.
Con una mayor conciencia social y más visibilidad de la diversidad, este tipo de bromas fue perdiendo lugar en el cine y la televisión.
El humor cruel que ya no tiene espacio
Más allá de temas de género u orientación sexual, también era común un humor directamente cruel, basado en burlarse de la desgracia ajena, de condiciones físicas o de problemas serios.
Durante años aparecieron personajes apodados por su cuerpo, su forma de hablar o alguna discapacidad, siempre como blanco de las risas. En sketches y dibujos animados se mostraban golpes, castigos y situaciones violentas tratadas como algo gracioso, sin consecuencias.
Hoy ese tipo de escenas abriría debates inmediatos sobre violencia, discriminación y humillación. Lo que antes se aceptaba sin pensar, ahora se cuestiona.
Mirar el pasado con otros ojos
Algunas comedias y películas de los años noventa funcionaban muy bien en su momento por su tono descontracturado y situaciones exageradas. Un ejemplo es Irene y yo y mi otro yo, que en su estreno fue celebrada por su humor extremo y personajes llevados al límite. Vista hoy, permite notar chistes y construcciones que reflejan una sensibilidad distinta, propia de una época con otros códigos.
Esto no implica borrar ni cancelar esas obras, sino entenderlas como productos de su tiempo y usarlas también como referencia para ver cuánto cambió la forma de hacer humor.
¿Ya no se puede hacer humor?
Es común escuchar que “ya no se puede bromear de nada”. En realidad, lo que cambió no es la posibilidad de hacer humor, sino el lugar desde donde se hace. Hoy se busca evitar reírse del más vulnerable y se apunta más a la ironía, la observación cotidiana, el absurdo o la sátira del poder.
Las audiencias actuales son más diversas y tienen más herramientas para expresarse. Un chiste que antes incomodaba en silencio hoy genera respuesta inmediata, lo que obligó a muchos creadores a ser más ingeniosos, no menos graciosos.
La comedia sigue viva y en constante transformación. Y así como hoy revisamos el humor del pasado, probablemente dentro de algunos años también miremos con otros ojos nuestros propios chistes actuales. Porque, al final, el humor siempre habla de la época en la que nace.
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