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Actualidad

Crónica desde Brasil

Curitiba, el modelo que miró Hermes Binner y Rosario nunca alcanzó

Curitiba, el modelo que miró Hermes Binner y Rosario nunca alcanzó
Ariel Echecury

Viaje a la capital del estado de Paraná para entender por qué una ciudad de escala similar logró sostener orden, planificación y servicios que funcionan.

Curitiba no impacta por una postal puntual. No tiene un Monumento a la Bandera que ordene la mirada ni un río que se lleve todos los aplausos. La sorpresa aparece en lo cotidiano, en lo que no pasa: no hay bocinazos constantes, no hay veredas rotas que obliguen a zigzaguear, no hay pozos que marquen el ritmo del tránsito. La normalidad, acá, parece planificada.

La capital del estado de Paraná fue durante años un modelo a seguir para muchas ciudades de América Latina. También para Rosario. En tiempos del socialismo, con Hermes Binner a la cabeza, hubo viajes, intercambios y una idea flotando: mirar a Curitiba como espejo posible. Pero algo en ese reflejo nunca terminó de encajar.

No fue solo una referencia discursiva. A fines de la década del 2000, durante la gestión de Hermes Binner en la provincia y con el socialismo consolidado en Rosario, hubo misiones oficiales a Curitiba para estudiar de cerca su modelo urbano. Funcionarios, técnicos y urbanistas viajaron para interiorizarse en el sistema de transporte, la planificación territorial y la lógica de crecimiento. La idea era avanzar en una especie de “hermanamiento” de gestión: adaptar esa experiencia a escala local, replicar lo que funcionaba. Incluso se firmaron convenios de cooperación e intercambio técnico. Pero más allá del entusiasmo inicial, el proyecto nunca avanzó.

El centro de histórico de Curitiba.

El juego de las diferencias

Las torres en Curitiba crecen, sí, pero no pegadas entre sí. Hay aire entre medianeras, distancia, previsión. La ciudad se expande sin ahogarse. No es un detalle menor, ya que habla de reglas claras y, sobre todo, sostenidas en el tiempo. Porque si algo explican los curitibanos cuando se les pregunta por qué las cosas funcionan, es eso: continuidad.

“El partido que gobierna acá está hace más de 30 años”, cuenta un comerciante, casi al pasar. Se refiere al Partido Social Democrático, un espacio de perfil más bien conservador que logró sostener una línea de gestión más allá de los nombres. Hoy el gobernador es Ratinho Junior, hijo de un poderoso empresario de medios, y su vice, Darcy Piana, lo acompaña en una administración que -según repiten los locales- podría reelegir sin sobresaltos si la ley lo permitiera.

Curitiba cuenta con un sistema de colectivos articulados con estaciones.

Curitiba cuenta con un sistema de colectivos articulados con estaciones.

La política, acá, no se vive con la intensidad dramática que suele tener en Argentina. Está, se discute, pero no parece atravesar cada conversación. Incluso cuando aparece un nombre fuerte como el ex juez Sergio Moro -famoso por llevar adelante la causa Lava Jato que terminó con la condena de Luiz Inácio Lula da Silva-, actual senador por el estado de Paraná, que suena como candidato con chances para las próximas elecciones, el tono no se altera demasiado. “Puede ganar, sí, pero el problema es que el partido no tiene a quién dejarle el mando”, dice otro vecino, más preocupado por el precio del transporte que por la rosca electoral.

Y ahí aparece otra de las claves de Curitiba: el sistema de movilidad. Los famosos “tubos” -esas estaciones vidriadas que parecen cápsulas futuristas- ordenan un esquema de colectivos que funciona como un reloj. Líneas troncales, ramales, anillos que cruzan la ciudad. Los buses articulados llegan, abren puertas a nivel, suben y bajan pasajeros sin demoras. Todo está pensado para que el flujo no se interrumpa.

No es barato, ya que el pasaje ronda los 6 reales, algo así como unos 1.800 pesos argentinos al cambio actual. Pero nadie duda de su eficiencia. “Es caro, pero anda”, resume un usuario, apoyado contra una de las estaciones. En Rosario, donde el transporte suele ser tema de conflicto, esa frase podría sonar casi aspiracional.

El letrero de Curitiba en Parque Barigui

El tranquilo Parque Barigui, en Curitiba.

Curitiba tampoco es una ciudad perfecta. Tiene tensiones políticas, discusiones por el rumbo económico y, como en todo Brasil, una polarización que crece al calor de la disputa nacional. Pero incluso en ese contexto, la ciudad parece moverse en un carril propio, menos expuesto al vaivén.

Caminar por sus calles es, en algún punto, experimentar una versión distinta de lo urbano en Sudamérica. Una donde el Estado -más allá del color político- logra sostener ciertas reglas básicas: planificación, mantenimiento, servicios que funcionan.

El jardín botánico, una postal de Curitiba.

Rosario, mientras tanto, sigue buscando ese equilibrio. Tiene el río, identidad y una vida cultural vibrante. Pero también arrastra problemas estructurales que hacen que la comparación, inevitable, duela un poco más.

Curitiba no es inalcanzable por recursos ni por tamaño. Lo es, quizás, por algo menos tangible como la capacidad de sostener políticas en el tiempo sin volver a empezar cada cuatro años. Ahí es donde Rosario queda mirando de lejos.

Parque tanguá, Curitiba.

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