Carolina Losada propone cerrar filas con Milei, mientras que el socialismo se arrima a Kicillof.
Antes que una definición electoral, las declaraciones de Carolina Losada funcionan como una señal política. La senadora radical no hizo más que verbalizar una discusión que desde hace meses atraviesa a Unidos para Cambiar Santa Fe: qué hacer con La Libertad Avanza de cara a 2027 y cómo administrar una polarización nacional que amenaza con dejar poco margen para los experimentos de centro.
Su planteo, según el cual todos los sectores enfrentados al kirchnerismo deberían confluir en un mismo frente, no constituye una novedad conceptual, pero sí un movimiento de peso por quien lo pronuncia y por el momento elegido.
La hipótesis de un entendimiento entre Unidos y los libertarios no nació con Losada. El PRO santafesino fue el primero en tantear esa posibilidad, convencido de que la convivencia entre el gobierno de Maximiliano Pullaro y la Casa Rosada ofrece condiciones para un acuerdo que puede trasladarse a las urnas.
Dirigentes radicales, con mayor o menor entusiasmo, también dejaron entrever que una alianza con el oficialismo nacional no debía descartarse de antemano. Esas voces decidieron, sin embargo, acallar el tema. Entendieron, quizás, que no era tiempo de adelantar esa discusión.
La intervención de Losada eleva la discusión a otro nivel porque incorpora a una figura con volumen propio dentro de la UCR y con aspiraciones de seguir siendo protagonista en el armado provincial.
Su razonamiento es sencillo: si la política nacional se encamina hacia una competencia entre el universo libertario y el kirchnerismo, la fragmentación del voto no peronista sólo beneficiaría al adversario común.
Es una lógica que se apoya más en la matemática electoral que en la afinidad ideológica. No propone una síntesis doctrinaria entre radicales, socialistas, el PRO y los libertarios, sino una coalición defensiva para impedir el regreso del kirchnerismo al poder.
Esa mirada choca con la identidad misma de Unidos. La coalición santafesina nació precisamente como una construcción amplia, donde convivieron partidos de tradiciones distintas bajo un acuerdo programático que excedía la simple oposición al peronismo.
Allí reside la principal resistencia del socialismo, que considera que La Libertad Avanza no representa apenas un socio incómodo, sino un proyecto incompatible con los valores históricos del Frente Progresista devenido ahora, con una alianza más amplia, en Unidos.
No es casual, entonces, que mientras Losada impulsa un acercamiento hacia Javier Milei, el socialismo haya decidido enviar señales exactamente en sentido contrario. En las últimas semanas multiplicó los gestos hacia dirigentes cercanos al gobernador bonaerense Axel Kicillof, en un movimiento que difícilmente pueda interpretarse como protocolar.
Esas fotografías exhiben la voluntad de construir puentes con sectores que imaginan un espacio post polarización o, directamente, una alternativa al mileísmo.
Ese contraste revela una paradoja interesante. Mientras una parte de Unidos cree que el futuro pasa por ampliar hacia la derecha, otra comienza a explorar interlocutores hacia el centroizquierda.
Son movimientos todavía incipientes, pero describen un fenómeno más profundo: la dificultad para mantener cohesionada una coalición cuya principal fortaleza fue administrar sus diferencias mientras el objetivo inmediato era gobernar la Provincia.
La pregunta que sobrevuela la política santafesina es cuánto tiempo podrá sostenerse ese equilibrio. Porque hasta ahora Unidos convivió gracias a un liderazgo fuerte de Pullaro y a una agenda provincial centrada en la seguridad, la obra pública y la gestión.
Sin embargo, a medida que se acerque 2027, la discusión inevitablemente migrará hacia la política nacional y allí aparecerán contradicciones mucho más difíciles de administrar.
El gobernador, por ahora, evita quedar atrapado en esa disputa. Mantiene una relación pragmática con la Casa Rosada: acompaña cuando entiende que beneficia a Santa Fe y confronta cuando considera afectados los intereses provinciales.
Esa posición le permitió conservar autonomía sin romper puentes. Por caso, esta semana se reunió con Diego Santilli, pero evitó la foto propuesta por Milei con gobernadores dialoguistas en Tucumán. El calendario electoral, sin embargo, terminará exigiéndole definiciones que hoy todavía pueden postergarse.
En ese contexto, las palabras de Losada también pueden leerse como una forma de condicionar ese debate futuro. Instalar hoy la necesidad de un gran frente antikirchnerista implica correr el eje de la discusión desde las diferencias ideológicas hacia la conveniencia electoral.
Obliga a quienes rechazan cualquier acercamiento con Milei a explicar por qué la preservación de una identidad partidaria debería prevalecer sobre la construcción de una mayoría competitiva.
Del otro lado, el socialismo apuesta a que la identidad también construye poder. Cree que diluirse en una alianza con La Libertad Avanza podría tener costos mayores que los beneficios coyunturales y que Unidos perdería precisamente aquello que lo distinguió desde su nacimiento: ser una experiencia de gobierno moderada, institucional y de fuerte impronta provincial.
La discusión recién empieza y probablemente no tenga resolución en el corto plazo. Sin embargo, el debate ya cambió de naturaleza. Ya no se trata de opiniones aisladas. Con los dichos de Losada, que además minimizó la posibilidad de una tercera vía, tal como lo propone Pullaro, la posibilidad de una alianza entre Unidos y La Libertad Avanza regresó a la agenda política santafesina.
La respuesta del socialismo, con sus guiños hacia el universo de Kicillof, confirma que la batalla por el alma de la coalición ya comenzó. Antes incluso de que arranque la campaña de 2027, Unidos enfrenta un desafío decisivo: definir si su futuro pasa por profundizar la polarización nacional o por seguir defendiendo una identidad propia construida desde Santa Fe.
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