Política

Política provincial 

El socialismo sale a marcar la cancha con el aura de sus viejas glorias

Por Redacción

Quiere recuperar músculo y evitar fragmentaciones para terciar en la discusión dentro de Unidos. 

El socialismo volvió a hablar de Rosario y de los tiempos en que la gobernó. No con la intención de arroparse en la nostalgia, sino como una manera de recuperar volumen político y dejar en claro que la pelea por la intendencia de 2027 no le resulta ajena. La campaña que comenzó a desplegar para reivindicar las marcas de sus gestiones tiene, detrás de la comunicación, una definición más profunda: el partido quiere volver a instalarse como una alternativa de poder en la ciudad.

La decisión tiene algo de reconocimiento del terreno. Después de varios años en los que el socialismo perdió centralidad electoral y quedó integrado a una coalición de gobierno que hoy tiene a otras fuerzas como protagonistas, la discusión sobre el futuro de Rosario obliga al partido a recuperar una identidad propia. Para hacerlo eligió una herramienta conocida: su propia historia de gestión.

La puesta en escena tuvo un primer capítulo promocional. Una campaña en redes sociales en la que utiliza las letras P y S, que identifican a su partido, para replicarlas en distintas áreas y espacios que construyó durante 30 años en el poder local. 

Así, propone hablar de “Política que Sana” y cita los ejemplos del Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (Heca) o del Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias Rosario (Cemar). También, exhibe como un valor la “Política que Sueña”, en la que se destaca el Tríptico de la Infancia, o la “Política que siembra”, de la que se destaca la creación del Museo de la Memoria. 

Son rasgos identitarios que se fueron desarrollando durante treinta años –desde Héctor Cavallero hasta Mónica Fein, pasando por Hermes Binner y Miguel Lifschitz–, y que el socialismo busca poner en valor para demostrar pericia en la gestión.

La estrategia consiste en poner nuevamente en circulación aquellas políticas y obras que durante años funcionaron como carta de presentación del socialismo rosarino. No se trata sólo de enumerar obras, programas o transformaciones urbanas. El objetivo político es construir un relato: hubo una manera de gobernar Rosario, se alcanzaron resultados concretos y existe una generación de dirigentes que con aquel antecedente como bandera pretenden volver a discutir cómo administrar la ciudad.

La reivindicación del pasado, sin embargo, tiene un límite evidente. La Rosario de 2027 no será la misma que recibió el socialismo cuando llegó al poder ni la que dejó después de varias gestiones. Cambiaron la ciudad, la economía, las demandas sociales y, sobre todo, el escenario político. Por eso, el desafío no consiste en repetir una receta sino en demostrar que aquella experiencia puede convertirse en un punto de partida para una propuesta nueva.

Ahí aparece la segunda parte de la estrategia. El encuentro que reunió esta semana a los principales referentes del partido y a parte de su militancia, en los salones de Vista Río, no fue pensado para consagrar una candidatura ni para ordenar una interna alrededor de un nombre. La prioridad, por ahora, es otra: reconstruir músculo político y, sobre todo, evitar que la discusión por las candidaturas vuelva a fragmentar al partido antes de tiempo.

La idea es repetir estos encuentros de manera periódica con la intención de sentar a las distintas corrientes internas alrededor de una misma mesa. El socialismo necesita recuperar una conversación común antes de decidir quién tendrá la responsabilidad de representar al espacio en 2027. Primero programa, identidad y unidad. Después, los nombres.

Es una secuencia que también permite leer la cautela con la que el PS observa la interna de Unidos. Si efectivamente la coalición termina definiendo su candidato a intendente a través de una primaria –algo que sucederá si Pablo Javkin desiste de volver a competir–, el socialismo deberá llegar a esa instancia con algo más que un dirigente conocido. Necesitará una estructura, una propuesta y un nivel de cohesión suficiente para pulsear con radicales y sectores del PRO que también buscarán imponer su propio candidato.

Por eso, la campaña sobre las gestiones anteriores cumple una doble función. Hacia afuera, busca recuperar presencia en una ciudad donde el socialismo supo construir una identidad política muy fuerte. Hacia adentro, funciona como un punto de encuentro para un partido con vocación de poder y una alerta para los socios de la coalición oficialista.

La paradoja es que la reivindicación del legado puede exponer una fortaleza, pero al mismo tiempo exhibir debilidades. El socialismo tiene una marca asociada a Rosario de la que ninguna otra fuerza puede apropiarse. Pero también carga con el riesgo de quedar atrapado en una ciudad que ya cambió y en un electorado que no necesariamente vota con las mismas motivaciones que hace una o dos décadas.

La discusión de fondo, entonces, será si el legado alcanza para transformarse en futuro. Mostrar lo que se hizo puede servir para recuperar autoestima partidaria y reconstruir identidad. Para ganar una elección, en cambio, hará falta responder qué haría hoy el socialismo con los problemas que tiene Rosario, cuáles serían sus prioridades y qué diferencia ofrecería respecto de sus socios de Unidos.

Ese debate todavía no comenzó formalmente. Tampoco la pelea de nombres. Dentro del partido hay dirigentes con aspiraciones –Joaquín Blanco, Lionella Cattalini, Federico Lifschitz, por citar apenas a algunos– y, más temprano que tarde, la discusión por quién estará en la boleta será inevitable. El mensaje que surge del encuentro es que nadie parece dispuesto a que esa definición sea el punto de partida. Primero habrá que construir el espacio común y establecer las condiciones para que cualquiera de ellos pueda competir con posibilidades.

En el fondo, el socialismo está intentando algo que excede una campaña de comunicación. Busca recuperar la condición de actor relevante en Rosario. Después de años de repliegue, la primera señal consiste en volver a ocupar la escena, reivindicar aquello que considera su principal capital político y reunir a sus distintas tribus alrededor de un proyecto.

La elección de 2027 queda todavía lejos, aunque el socialismo acaba de dar una señal inequívoca: quiere estar en esa discusión. La pregunta ya no es si piensa competir por Rosario, sino si será capaz de convertir la nostalgia por lo que hizo en una propuesta capaz de convencer sobre lo que puede hacer en el futuro.

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