La re-aceleración de la inflación mensual pone en cuestión la sostenibilidad del proceso de desinflación.
Desde una perspectiva macroeconómica, la dinámica inflacionaria reciente sugiere que el proceso de desaceleración nominal enfrenta restricciones estructurales que trascienden factores transitorios. Si bien la inflación interanual continúa descendiendo como resultado de efectos base y de una política fiscal y monetaria contractiva, los registros mensuales muestran una pérdida de impulso desinflacionario, lo que indica la persistencia de un régimen de inflación inercial.
El análisis de la descomposición del índice de precios revela que la aceleración reciente no se explica exclusivamente por componentes estacionales o regulados. La resistencia a la baja de la inflación núcleo sugiere que los mecanismos de fijación de precios continúan indexados, explícita o implícitamente, a la inflación pasada y a expectativas de inflación futura. En este contexto, los ajustes de precios relativos —particularmente en servicios y bienes con alta sensibilidad cambiaria— presentan un elevado pass-through al nivel general de precios, amplificando los efectos iniciales de los shocks.
Las expectativas inflacionarias, lejos de converger a un sendero de estabilidad nominal, permanecen desancladas. La ausencia de un ancla nominal creíble y consistente intertemporalmente refuerza conductas de cobertura y acorta los horizontes de decisión. Desde el punto de vista teórico, este comportamiento es consistente con un equilibrio de expectativas adaptativas dominado por la memoria inflacionaria, en el cual los agentes incorporan primas de riesgo inflacionario en contratos laborales, financieros y comerciales.
Este régimen inflacionario tiene implicancias directas sobre la asignación de recursos. La economía financiera muestra una capacidad de ajuste significativamente mayor que la economía real, al canalizar excedentes hacia instrumentos indexados o de alta liquidez, protegidos frente a la erosión inflacionaria. Tasas de interés reales positivas y mecanismos de indexación formal refuerzan esta dinámica, consolidando un proceso de profundización financiera que no se traduce necesariamente en mayor inversión productiva.
En contraste, la economía real opera bajo un conjunto de restricciones más rígidas. La brecha del producto se mantiene negativa o cercana a cero, reflejando una demanda agregada contenida por la caída del ingreso real y por condiciones financieras restrictivas. La inversión fija bruta responde de manera débil, afectada por la elevada incertidumbre macroeconómica, el costo del capital y la falta de previsibilidad en precios relativos clave. En este contexto, el canal crediticio hacia la producción permanece limitado, incluso en presencia de una mejora relativa en los agregados financieros.
La reciente aceleración inflacionaria también reabre el debate sobre la consistencia del esquema macroeconómico. Si bien la política fiscal muestra señales de consolidación, la percepción de dominancia fiscal de largo plazo continúa influyendo sobre las expectativas, limitando la efectividad de la política monetaria como ancla nominal. En ausencia de una trayectoria creíble y sostenible de solvencia intertemporal, los agentes internalizan el riesgo de futuros episodios de monetización o de ajustes discrecionales de precios regulados.
Desde una óptica macrofinanciera, esta configuración genera una segmentación persistente: estabilidad financiera relativa con fragilidad real subyacente. La valorización de activos financieros convive con un bajo dinamismo del empleo formal, salarios reales rezagados y una inversión productiva insuficiente para sostener un sendero de crecimiento potencial.
La economía argentina enfrenta, en consecuencia, un doble desafío: estabilizar la trayectoria de precios de manera sostenida y traducir esa estabilidad en un entorno que favorezca la actividad real. La desaceleración interanual de la inflación es un logro relativo, pero la reciente aceleración mensual subraya la fragilidad de ese proceso y la dificultad de anclar expectativas.
La convergencia entre economía financiera y real dependerá de políticas que reduzcan la volatilidad de precios y mejoren la previsibilidad macroeconómica. La coordinación de políticas fiscales y monetarias, junto con un marco de crecimiento de ingresos reales, será esencial para cerrar la brecha actual y promover una recuperación expansiva del consumo y la inversión.
En síntesis, la inflación reciente no debe interpretarse como un fenómeno coyuntural aislado, sino como la manifestación de un régimen macroeconómico en transición, caracterizado por desinflación incompleta, expectativas frágiles y segmentación real-financiera. La convergencia hacia un equilibrio de baja inflación y crecimiento sostenido requerirá no solo disciplina fiscal y monetaria, sino también un marco institucional capaz de anclar expectativas, reducir la inercia inflacionaria y restablecer los incentivos a la acumulación de capital y al crecimiento de largo plazo.
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