Economía

Análisis Económico

Los parásitos del costo argentino, el enemigo a vencer

Marcos Ayerra (*)

Por primera vez en años, empresarios y consumidores afrontan un desafío en común: derrotar a un ecosistema que provoca daños múltiples. 

La baja de la inflación genera dolor entre los empresarios, sobre todo entre los de las pequeñas empresas, porque en el viejo entorno de alta inflación podíamos esconder nuestra falta de competitividad.

Queremos salir adelante, pero se hace muy difícil ser competitivos. Hay una especie de lastre que nos quita la fuerza para dejar atrás el contexto degradado del que venimos y nos hace pensar que no tenemos la capacidad de ordenarnos y ser un país normal.

Ese lastre es el costo argentino, un ecosistema parasitario que provoca daños múltiples: quita rentabilidad a las empresas y a veces hasta provoca su cierre, reduce la creación de nuevas empresas, posterga inversiones, debilita a los consumidores y reduce los recursos disponibles para pagar jubilaciones.

Este andamiaje parasitario fue construido sigilosamente por un grupo de argentinos para abusar de otros argentinos. Es injusto porque algunos tienen derechos que otros no tienen o, peor aún, porque hay casos en los que privados tienen derechos legales para abusar de otros privados de forma grotesca.

Los parásitos de la industria del juicio laboral y los excesos gremiales causan efectos desastrosos en las pymes. Lo mismo ocurre con los altísimos impuestos y tasas, que afectan tanto al empresario como al consumidor. A eso se suman el agobio que producen las regulaciones absurdas y kiosqueras, las prebendas de ciertos grupos y, por supuesto, las injusticias causadas por la informalidad y la corrupción.

Estos problemas no funcionan por separado: se alimentan entre sí. Los impuestos y las trabas excesivas empujan a muchos hacia la informalidad, mientras quienes siguen cumpliendo con todas las reglas soportan una carga cada vez mayor. Una regulación puede proteger el negocio de unos pocos y cerrarles la puerta a nuevos competidores. El resultado se ve en empresas que no nacen, empleos que no se crean y precios que terminan pagando todos.

Gracias a Dios, ya hay consenso en la Argentina en que la inflación genera pobreza y, por lo tanto, apoyo social al esfuerzo para reducirla.

Pero, al bajar la inflación, los empresarios ya no pueden empobrecer a los consumidores subiendo sus precios. Este cambio de paradigma genera una alineación maravillosa. Cuando los aumentos eran permanentes, resultaba más fácil trasladar los costos al precio final que discutir cada una de las cargas que los provocan. Ahora esas cargas se vuelven más visibles y la necesidad de competir obliga a enfrentarlas.

Por primera vez en años, los empresarios y los consumidores tienen un enemigo común: los parásitos del costo argentino. Estos parásitos siguen indemnes, contentos, dándole la espalda a la sociedad. Con alta inflación nadie los veía, pero ahora quedaron expuestos. Reducir sus privilegios no beneficiaría solamente a quien produce, también permitiría que el consumidor pague menos y que más personas encuentren trabajo.

Esa nueva alineación genera una gran oportunidad y, a su vez, una necesidad: que las personas de trabajo y los jóvenes se involucren, cada uno desde su lugar, en la lucha por reducir estas actividades parasitarias.

Es aliviador entender el desafío, que incluso alinea a personas de diferentes ideologías, porque debería haber consenso en que eliminar injusticias es bueno para el país.

Y la botonera para sanar a la Argentina no la tiene el presidente de la Nación, porque los parásitos están instalados también en las provincias, en los municipios y en cada profesión.

A modo de ejemplo, de nada sirve que la Nación reduzca retenciones y aranceles si algún municipio aprovecha la distracción para subir sus tasas y sus habitantes se quedan de brazos cruzados. De nada sirve que la Nación desregule si las provincias o los municipios establecen una regulación sustituta. Tampoco alcanza con bajar impuestos si, en una actividad determinada, subsisten privilegios que impiden competir en igualdad de condiciones.

La película de transformación estará incompleta si no reducimos el costo argentino. Y eso no sucederá si no nos damos cuenta de que la sanación en cada municipio, provincia o profesión dependerá de la reacción de los abusados. No podemos esperar que una sola persona identifique y desarme cada abuso: quienes lo padecen todos los días son los que mejor pueden mostrar dónde está y reclamar que termine.

Esta es la batalla del momento y de los años que vendrán. Está en juego la posibilidad de que más empresas crezcan, de que los jóvenes puedan emprender y elegir quedarse en el país, y de que el esfuerzo de trabajar tenga una recompensa mayor. Debemos sanar a la Argentina de nuestra enfermedad parasitaria. Los abusados somos millones. Ojalá cada día seamos más los que luchamos por hacerlo en cada rincón del país.

(*) Autor de «Parásitos de la Argentina», Exsecretario de Pymes de la Nación

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