Por Redacción
Las 3 actividades que con los lentes puestos aumenta el riesgo de infecciones. Qué hábitos conviene evitar y cuándo consultar.
El uso de lentes de contacto ganó terreno entre quienes buscan comodidad para trabajar, hacer deporte o dejar los anteojos por unas horas. Pero esa rutina cotidiana también exige cuidados estrictos: una mala práctica puede abrir la puerta a infecciones oculares severas.
El punto crítico está en la córnea, la capa transparente que cubre el ojo. Cuando el lente entra en contacto con agua, se usa durante demasiadas horas o queda colocado durante el sueño, aumenta la posibilidad de que bacterias, hongos o amebas alcancen la superficie ocular.
Uno de los errores más frecuentes es nadar con lentes de contacto. Piletas, jacuzzis, lagos, ríos y océanos pueden contener microorganismos capaces de adherirse al lente y quedar en contacto directo con el ojo. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) advirtieron que el agua puede modificar la forma de los lentes blandos, hacer que se peguen al ojo y generar pequeñas lesiones en la córnea, lo que facilita el ingreso de gérmenes.
El riesgo más temido es la queratitis por Acanthamoeba, una infección poco frecuente pero grave. Esta ameba está presente en agua, suelo y polvo, y puede causar dolor intenso, tratamientos prolongados y, en los casos más severos, pérdida permanente de visión.
El segundo hábito a evitar es ducharse con los lentes puestos. Aunque el agua de red sea apta para consumo, no es estéril. Por eso, los especialistas recomiendan colocarse los lentes después de bañarse o retirarlos antes de ingresar a la ducha. También se desaconseja enjuagarlos o guardarlos con agua corriente, solución casera o cualquier líquido que no sea específico para lentes de contacto.
El tercer error es dormir con lentes, incluso cuando se trata de modelos aprobados para uso prolongado. Un informe publicado por los CDC en Morbidity and Mortality Weekly Report indicó que dormir con lentes aumenta entre seis y ocho veces el riesgo de infecciones oculares vinculadas a su uso.
Durante el sueño, el ojo permanece en un ambiente cerrado, húmedo y con menor oxigenación. Además, al no parpadear, pierde parte de su mecanismo natural de limpieza. Esa combinación favorece la proliferación de microorganismos y vuelve más vulnerable a la córnea.
Las señales de alerta son dolor, enrojecimiento, secreción, visión borrosa, sensibilidad a la luz o sensación persistente de cuerpo extraño. Ante esos síntomas, la recomendación es retirar los lentes y consultar con un oftalmólogo, sobre todo si las molestias no ceden en pocas horas.
Los descartables diarios pueden reducir algunos riesgos porque se estrena un par nuevo cada día, pero no reemplazan las normas básicas: manos limpias y secas antes de manipularlos, solución adecuada, estuche higienizado y cero contacto con agua. En salud visual, la comodidad no alcanza si no viene acompañada de rutina.
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