El riesgo es fragmentar la oferta de candidaturas en un distrito que se presenta muy complicado.
La disputa por la Intendencia de Rosario, que se resolverá el año próximo, no sólo enfrenta a oficialistas y opositores. Hay otras batallas, quizás más silenciosas, que empiezan a librarse al interior de las distintas fuerzas partidarias. Sucede ahora mismo en Unidos. A un año de la elección, la coalición que gobierna Rosario enfrenta el desafío de administrar una abundancia de aspirantes a conducir el Palacio de los Leones, una fortaleza que podría terminar por convertirse también en un problema político.
Asoma en Unidos un inconveniente que muchas fuerzas políticas desearían tener: cuenta con dirigentes competitivos, una gestión que mostrar y el respaldo que implica gobernar simultáneamente la ciudad y la provincia. Sin embargo, cuando los nombres empiezan a multiplicarse antes de que exista un liderazgo que ordene la discusión, el riesgo deja de ser la falta de candidatos y pasa a ser justamente el exceso en la oferta de nombres.
Otra particularidad de este proceso es que el propio Pablo Javkin todavía no terminó de salir completamente de escena. Aunque transita su segundo mandato y el calendario político parece empujar naturalmente el debate sobre la sucesión, el intendente nunca descartó de manera definitiva la posibilidad de volver a competir. Puede tratarse de una estrategia para conservar centralidad o de una forma de evitar que la carrera se descontrole demasiado temprano. Cualquiera sea la explicación, el efecto político es el mismo: mientras esa puerta permanezca entreabierta, el resto de los aspirantes seguirá construyendo con la mirada puesta en los movimientos del actual intendente.
Dentro de su espacio comenzaron a consolidarse dirigentes con ambiciones legítimas. Sebastián Chale, secretario de Gobierno de Rosario, representa la continuidad de una gestión de la que forma parte hace años y cuya principal fortaleza es el conocimiento profundo de los engranajes que mueven al municipio. Ciro Seisas ofrece un perfil diferente, con mayor nivel de conocimiento público y una construcción que fue creciendo desde el Senado departamental. María Eugenia Schmuck, desde la presidencia del Concejo Municipal, completa ese primer lote de dirigentes con volumen suficiente para reclamar protagonismo cuando llegue el momento de las definiciones.
Pero hace tiempo que la sucesión de Javkin dejó de ser solamente un asunto del javkinismo. La llegada de Maximiliano Pullaro a la Gobernación modificó la distribución del poder dentro de Unidos. El radicalismo pasó de ser uno de los socios centrales de la coalición a convertirse en la fuerza que conduce la Casa Gris. Ese nuevo equilibrio inevitablemente tendrá impacto sobre Rosario.
Por eso no sorprende que el nombre de Gustavo Puccini se haya instalado desde las usinas del gobierno provincial hace algún tiempo y que en algunos actos ya se lo aliente a pelear por la intendencia. El ministro de Desarrollo Productivo es uno de los funcionarios de mayor confianza del gobernador y algunos sectores del radicalismo ya imaginan que podría expresar el proyecto político de Pullaro en la principal ciudad de la provincia.
El PRO tampoco pretende quedar reducido a un papel secundario. Cristina Cunha, Ana Laura Martínez y Federico Angelini integran una nómina de dirigentes que buscarán ocupar un lugar en la conversación, mientras que el socialismo tampoco parece dispuesto a resignar protagonismo. Joaquín Blanco y Lionella Cattalini aparecen, apenas por citar a un par, como dos dirigentes con suficiente proyección para reclamar una oportunidad dentro de una coalición que nació precisamente para representar distintas identidades políticas.
Los roles de Pullaro y Javkin
Probablemente el verdadero interrogante dentro de Unidos, en este momento, no pase tanto por los nombres. Por el contrario. La profusión de alternativas coloca al oficialismo frente a otro desafío: el de ordenar la pulseada que se abre entre tantos aspirantes. Dos dirigentes están en condiciones de hacerlo: Javkin y Pullaro.
Los dos construyeron, desde lugares diferentes, el ciclo político que hoy gobierna Rosario y Santa Fe. Javkin consolidó un liderazgo local que logró atravesar los años más complejos en materia de pandemia, violencia e inseguridad. Pullaro redefinió la relación de fuerzas dentro de la coalición al convertir al radicalismo en el eje del gobierno provincial. Ninguno puede prescindir del otro si el objetivo es sostener a Unidos como una alternativa competitiva en 2027.
Por eso empieza a cobrar fuerza una hipótesis que hace algunos meses parecía prematura: la construcción de un acuerdo político entre ambos para administrar la sucesión. No necesariamente para imponer un candidato. Tampoco para cancelar una competencia. El desafío parece ser otro: evitar que la interna se transforme en una batalla atravesada por las apetencias personales capaz de erosionar a la coalición antes de enfrentar a la oposición.
Los incentivos para avanzar en esa dirección son evidentes. Javkin necesita garantizar la continuidad de un proyecto político que lleva años gobernando Rosario. Pullaro, por su parte, entiende que conservar la principal ciudad de la provincia será determinante para consolidar el liderazgo que comenzó a construir desde la Casa Gris. Más que proyectos enfrentados, hoy aparecen como liderazgos complementarios.
Ese entendimiento podría expresarse de múltiples maneras. Una primaria con reglas claras, una reducción consensuada del número de candidatos o incluso una síntesis construida a partir de encuestas y acuerdos políticos. Lo importante no sería el mecanismo elegido, sino evitar que la oferta termine fragmentándose hasta volver inmanejable la competencia.
El problema no es solamente electoral. Una primaria con siete u ocho postulantes podría mostrar pluralidad, pero también dejar heridas difíciles de reparar. La dispersión de recursos, las disputas personales y una campaña interna demasiado agresiva podrían deteriorar el principal activo de Unidos: la imagen de una coalición que, pese a sus diferencias, logró mantenerse cohesionada mientras gobernaba.
Ese escenario adquiere todavía más relevancia cuando se observa a la oposición. Dentro del oficialismo nadie desconoce que Juan Monteverde volverá a ser uno de los principales contendientes en la futura elección. El caudal que ostenta el líder de Ciudad Futura obliga a Unidos a pensar la estrategia desde otra perspectiva: antes de discutir quién encabeza la boleta, deberá garantizar que la competencia interna no termine fortaleciendo a su adversario.
En ese contexto comenzó a aparecer otro debate, todavía silencioso, pero cada vez menos marginal: la posibilidad de construir algún tipo de entendimiento con La Libertad Avanza para evitar una fragmentación del voto no peronista. No existe una posición unificada. Algunos consideran que una coordinación electoral podría aumentar las posibilidades de retener Rosario. Otros sostienen que un acuerdo de esas características pondría en tensión la identidad de Unidos y abriría un conflicto interno todavía mayor que el que intenta resolver.
Esa discusión seguramente ocupará buena parte de los próximos meses. Pero antes de resolver con quién competir o contra quién hacerlo, Unidos deberá responder una pregunta mucho más determinante. ¿Puede una coalición con tantos dirigentes competitivos administrar sus ambiciones sin romper el equilibrio que la llevó al poder?
La respuesta dependerá, sobre todo, de la capacidad de Pullaro y Javkin para ejercer un liderazgo compartido en el momento más delicado para cualquier fuerza política: el de definir quién conduce la etapa que viene.
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