Javkin y Monteverde confrontaron modelos. Aún opuesto al proyecto, Aleart mostró cintura para no sumarle a la izquierda.
La discusión por el parque acuático en la costanera norte de Rosario parece, en la superficie, un debate urbanístico. ¿Más playa pública o más infraestructura recreativa? ¿Inversión estratégica o gasto innecesario? ¿Modernización o privatización encubierta? Lo que ocurrió esta semana en el Concejo dejó al descubierto algo mucho más profundo: la campaña por la Intendencia de Rosario empieza a mostrar sus primeros rasgos, aunque falte un año para la elección.
El tema parece menor frente a los problemas estructurales de la ciudad, pero justamente por eso resulta tan revelador: cada actor político está utilizando el proyecto para definir qué Rosario quiere proponer y representar de cara a 2027.
Pablo Javkin, acompañado por el gobernador Maximiliano Pullaro, apuesta a instalar una narrativa de transformación urbana. La idea del parque acuático forma parte de una lógica que el oficialismo local viene sosteniendo desde hace tiempo: recuperar la relación de la ciudad con el río mediante obras visibles, grandes intervenciones y proyectos capaces de generar impacto simbólico. El mensaje es claro: Rosario necesita volver a imaginarse a sí misma como una ciudad que invierte, construye y proyecta futuro, convirtiéndose además en opción para el turismo.
En la vereda contraria, Ciudad Futura encontró un terreno ideal para desplegar una crítica que conecta con su identidad política histórica. Juan Monteverde no discute solamente un parque acuático; discute un modelo de ciudad.
La defensa de la costa pública, la denuncia sobre posibles procesos de privatización y el reclamo de participación ciudadana encajan perfectamente con la narrativa que el espacio viene construyendo desde hace años. En ese esquema, el parque funciona como un símbolo de una ciudad diseñada desde arriba contra una ciudad pensada desde los barrios y los vecinos.
Parte del peronismo acompaña esa postura, aunque con motivaciones distintas. Mientras Ciudad Futura busca consolidarse como alternativa de gobierno, algunos sectores del PJ encuentran en este conflicto una oportunidad para volver a ocupar un lugar opositor después de varios años de dispersión política. El rechazo al proyecto permite construir una agenda común sin necesidad de resolver todavía las diferencias internas.
El movimiento menos previsible y que generó más expectativas en la semana lo protagonizó La Libertad Avanza. Durante los días previos, dirigentes libertarios habían cuestionado el proyecto e incluso impulsado pedidos de información y acciones para frenarlo.
Juan Pedro Aleart se puso al frente de la cruzada. Como nunca antes desde que asumió su banca validó con sus acciones el lugar de posible aspirante a la Intendencia que algunos descuentan asumirá, pero que él mismo prefiere por el momento relativizar.
Los libertarios expusieron su resistencia al proyecto. Más por los fondos que utilizará el Estado que por la ubicación o el impacto ambiental. Sin embargo, los representantes de La Libertad Avanza decidieron no dar quórum cuando llegó el momento de la sesión especial, lo que terminó por derrumbar la convocatoria opositora para detener el proyecto.
Esa abstención probablemente diga más sobre la elección que cualquier discurso. Los violetas ratificaron que su principal desafío en Rosario no es definir una posición sobre el parque acuático sino más bien mostrarse como una opción que pueda esgrimir críticas al oficialismo, pero situada al mismo tiempo lo más lejos posible de una coalición opositora liderada por Monteverde.
Participar de la sesión habría significado aparecer alineada con Ciudad Futura y sectores del peronismo. No hacerlo le permitió sostener la crítica al proyecto mientras conserva autonomía política frente a sus competidores electorales, aun cuando varios le achacan haber sido funcionales al oficialismo.
La escena dejó una fotografía particular: un oficialismo defendiendo con desmedido ahínco una obra de tono si se quiere menor; una oposición progresista intentando detenerla con el respaldo de organizaciones ambientales y vinculadas con actividades ribereñas y una fuerza libertaria que prefiere mantenerse en una posición ambigua antes que regalarle una victoria política a un sector adversario.
Por eso el dato más importante no es que la sesión haya fracasado por falta de quórum. Lo verdaderamente importante es que cada bloque actuó pensando quizás más en la elección que viene que en la propia obra.
El parque acuático terminó funcionando como una excusa perfecta para ensayar discursos de campaña. Javkin busca mostrarse como el intendente que transforma la ciudad, Monteverde como el dirigente que la defiende de proyectos inconsultos y Aleart explora cómo convertirse en árbitro sin quedar absorbido por las otras tribus políticas.
La discusión recién empieza. Más allá del destino final de la obra, el debate quizás sea recordado en los próximos meses como uno de los momentos en que comenzó a ordenarse la pelea por el poder en Rosario. Con la ciudad entrando en un año electoral, hasta un tobogán puede convertirse en una plataforma política.
La carrera de Javkin
En medio de la pelea por los trabajos en la costanera norte, hay un elemento que sobrevuela toda la discusión: la posibilidad de que Javkin decida finalmente pelear por un tercer mandato. En la política rosarina nadie se atreve a descartar esa hipótesis.
Bajo esa lectura, el parque acuático adquiere otra dimensión. Ya no sería solamente una obra de infraestructura recreativa sino también una apuesta política. Los grandes proyectos urbanos tienen una ventaja que los gobernantes conocen bien: son visibles, generan debate y permiten construir un relato de transformación.
En una eventual carrera por una nueva reelección, Javkin necesitaría mostrar una ciudad en movimiento, con iniciativas capaces de proyectar futuro y dejar atrás la imagen de una Rosario atrapada exclusivamente por la agenda de la inseguridad.
En la disputa por el parque acuático se juega una discusión urbanística, pero también una batalla por definir qué tipo de ciudad y qué modelo de gestión eligen los vecinos en 2027.
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