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Economía

Estadística v. percepción social

Por qué la inflación anual bajó, pero el bolsillo no se enteró

La inflación anual bajó, pero el “bolsillo” no se enteró
Leonardo Piazza

La desaceleración de la inflación marca un cambio relevante pero no garantiza por sí sola una mejora del poder adquisitivo.

En los últimos dos años, la economía argentina ha transitado un proceso de desinflación muy pronunciada, tras el pico inflacionario que superó consistentemente el 200% anual durante 2023 y buena parte de 2024. Según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) y series estadísticas internacionales, la inflación interanual descendió desde 117,8 % a fines de 2024 hasta cerca de 31–32 % a fines de 2025, marcando su nivel más bajo desde 2018–2019.

Lógica estadística v. percepción social

Desde una perspectiva macroeconómica, una caída en las tasas de inflación representa una moderación estructural de la presión sobre los precios y, en ciertos casos, indica que se han reducido los mecanismos de aceleración de precios (como la monetización del déficit fiscal o expectativas de inflación inercial). En Argentina, esta desaceleración estuvo asociada a políticas de ajuste fiscal, tasas de interés elevadas para restringir la liquidez y reformas estructurales impulsadas por la actual administración.

No obstante, la inflación como tasa de cambio porcentual no implica necesariamente que los niveles de precios hayan descendido, sino que crecen a un ritmo menor. En un país con un historial de hiperinflación y deterioro de precios relativos, tasas interanuales del 30 % siguen significando aumentos considerables en el costo de vida. En otras palabras: los precios siguen subiendo —solo que más lentamente, y los precios acumulados siguen en niveles muy superiores a los que tenían hace pocos años.

Esto explica en parte por qué, pese a la desaceleración estadística de la inflación, muchos hogares perciben que “el bolsillo no mejora”: porque siguen enfrentando precios mucho más altos de lo que experimentaron incluso hace 12 meses.

Rezagos en los ingresos reales

El principal canal a través del cual la desinflación debería traducirse en mejora del bienestar es la recuperación del ingreso real. Esto supone que los salarios y otras rentas aumenten en términos nominales a un ritmo superior a la inflación acumulada, permitiendo así recuperar poder adquisitivo. Sin embargo, en la práctica, este proceso presenta importantes rezagos temporales y heterogeneidad sectorial.

Informes oficiales y análisis de prensa consignan que en varios meses de 2025 los ajustes salariales nominales no alcanzaron a compensar la inflación mensual. Por ejemplo, en septiembre de 2025 los salarios en promedio crecieron nominalmente un 1,4 % en el sector privado registrado, mientras que la inflación mensual fue de 2,1 %, resultando en una pérdida del salario real formal de 0,8 % en ese mes.

Aun cuando en otros meses algunos datos muestran índices salariales que superan la inflación mes a mes, el retraso en las actualizaciones y la variabilidad entre sectores y tipos de empleo hacen que la recuperación real sea parcial y desigual. Incluso cuando los salarios suben más rápido que el promedio de precios en ciertos períodos, la recuperación puede ser insuficiente para compensar las pérdidas acumuladas de años anteriores.

El impacto del salario mínimo y los ingresos medios

El salario mínimo, vital y móvil —referente clave del mercado laboral— ha sufrido un marcado deterioro de su poder de compra en términos reales. Algunos análisis estiman que, entre 2023 y fines de 2025, el salario mínimo perdió cerca de 30 %–35 % de su capacidad adquisitiva real, pese a aumentos nominales, porque las actualizaciones no lograron seguir el ritmo de la inflación acumulada.

Asimismo, medidas de mercado laboral basadas en amplios promedios muestran aumentos salariales significativos en algunos sectores formales. No obstante, la brecha entre estratos de ingresos, empleo formal e informal, y variabilidad regional limita la transmisión homogénea de la recuperación nominal hacia poder adquisitivo real.

Cambios en precios relativos y canasta básica de consumo

La desinflación tampoco se distribuye homogéneamente entre productos y servicios. Sectores como alimentos, transporte y servicios regulados suelen tener mayor incidencia en la canasta básica de los hogares, especialmente de menores ingresos. Cuando estos rubros mantienen precios relativamente elevados —o ajustados por políticas de mercado—, el descenso en el promedio general del IPC no refleja completamente las percepciones de precios que enfrentan las familias en sus gastos cotidianos.

Además, el proceso de corrección de precios relativos —por ejemplo, ajustes en tarifas de servicios públicos o combustibles después de años de subsidios— puede implicar aumentos en componentes claves del gasto familiar, generando presiones adicionales sobre los presupuestos, aun en contextos de inflación general descendente.

Tiempo y expectativas: un efecto psicológico relevante

El proceso de desinflación suele ser gradual y con efectos retardados sobre la recuperación real del ingreso. La literatura económica destaca que las expectativas de inflación futura, los contratos laborales indexados y la memoria inflacionaria juegan un rol crucial en cómo los agentes económicos perciben su bienestar. Aunque las cifras agregadas muestren desaceleración, muchos hogares todavía operan con expectativas inflacionarias altas o inciertas, lo que afecta consumo, ahorro y decisiones de gasto.

Además, en economías con alta informalidad o con empleo vulnerable, la rigidez de precios y salarios contractuales hace que la transmisión de la desinflación al poder adquisitivo efectivo sea aún más lenta.

Conclusión: la inflación estadística versus la experiencia del bolsillo

La evidencia empírica disponible para Argentina muestra que una tasa de inflación interanual más baja —comparada con niveles récord del pasado reciente— no necesariamente se traduce en una recuperación perceptible e inmediata del poder adquisitivo de la población. Esto se debe a la persistencia de precios altos, rezagos en la actualización de ingresos reales, desigualdades sectoriales y diferencias entre los mecanismos de medición estadística y la experiencia cotidiana de los consumidores.

Por ende, el fenómeno donde “la inflación baja, pero el bolsillo no se enteró” no es una mera paradoja semántica, sino el resultado de un proceso de ajuste económico complejo que incorpora dinámicas temporales, estructurales y distributivas. 

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