Por Redacción
En el 2025 hubo récord de crédito externo para sectores no financieros. Es un buen dato pero conlleva riesgos
En la Argentina, la discusión sobre la deuda suele activarse cuando el Estado se acerca al abismo. Sin embargo, lejos de los focos y de la retórica parlamentaria, el sector privado viene protagonizando un giro silencioso pero decisivo: el regreso al financiamiento en dólares como estrategia de expansión.
No se trata sólo de una decisión empresarial aislada, sino de una señal política sobre el modelo de inserción financiera que vuelve a consolidarse. Cuando las firmas optan masivamente por endeudarse en moneda extranjera, no sólo revelan las limitaciones del sistema doméstico; también anticipan el tipo de vulnerabilidades que el país está dispuesto —o resignado— a tolerar
La razón de su existencia obedece a varios factores. Empresas y bancos posan sus objetivos fuera del país ante la falta de un mercado de crédito local profundo que ofrezca financiamiento de largo plazo, por ejemplo, o bien a un costo mucho más atractivo.
En contextos de restricciones cambiarias, las empresas recurren al financiamiento externo para acceder a divisas. También el crecimiento de las importaciones impulsa la necesidad de crédito en dólares o las chances de reestructurar pasivos locales con fondos externos baratos. En todo caso, es un proceso normal pero no puede perderse de vista su velocidad y composición dado que, si crece más rápido que la generación de dólares, aumenta la vulnerabilidad del país. De ahí el interés en prestar atención a cómo viene desenvolviéndose este poco conocido aspecto de la macro argentina.
Según datos oficiales, el año 2025 marcó un récord en los pasivos externos del sector privado no financiero. Tras el brusco salto observado entre 2022 y 2023, el año 2025 confirma una tendencia que merece atención: el crecimiento sostenido. Desde los u$s 70.707 M en 2019, el stock trepa a u$s 110.499 M en 2025. Se trata de un aumento cercano al 56% en seis años, con una aceleración marcada en el último bienio.
El punto de inflexión aparece en 2022, cuando el total salta a u$s 80.242 M. En 2023 escala a u$s 98.307 M y, tras una leve meseta en 2024 (u$s 97.987 M), vuelve a expandirse con fuerza el último año. No es un rebote coyuntural: es un cambio de régimen en la forma en que las empresas se financian.
El desglose por componentes aporta matices relevantes. En los datos anuales del BCRA se observa que el mayor peso corresponde a las importaciones de bienes y a los préstamos financieros. Las primeras reflejan necesidades operativas —capital de trabajo vinculado al comercio exterior— mientras que los segundos evidencian una decisión financiera más estructural.
Lo interesante es la composición reciente. Los préstamos financieros crecen de u$s 24.300 M en 2023 a u$s 29.600 M en septiembre de 2025. Los títulos de deuda también aumentan, pasando de u$s 12.300 M a u$s 16.000 M en igual período. Es decir: el financiamiento vía mercado gana terreno frente a la deuda comercial tradicional.
Las importaciones de bienes se mantienen elevadas —en torno a los u$s 39.000 – 45.000 M— lo que indica que parte del endeudamiento responde a dinámica real. Pero el salto en instrumentos financieros revela algo más: las empresas están aprovechando ventanas de acceso externo ante un sistema doméstico todavía pequeño y costoso.
Este fenómeno tiene dos lecturas. En clave positiva, muestra normalización financiera y reapertura del crédito externo. Las firmas vuelven a colocar deuda y a obtener préstamos en divisas, lo que amplía el menú de financiamiento y reduce la dependencia del crédito local.
Pero en clave macroeconómica, el aumento sostenido de pasivos externos incrementa la sensibilidad ante shocks cambiarios y de tasas internacionales. Más deuda en dólares implica mayor exposición a volatilidad global y la historia argentina aconseja no subestimar este punto.
El escenario actual combina expansión del comercio, recomposición de expectativas y acceso parcial a mercados internacionales por la baja del riesgo país. Sin embargo, la sostenibilidad dependerá de la capacidad de generar divisas genuinas. El crecimiento del endeudamiento privado no es problemático per se; lo es si supera la dinámica exportadora.
En definitiva, 2026 encuentra a un sector privado que volvió a mirar al exterior para financiar su expansión. El crédito reaparece, las emisiones crecen y el mercado internacional vuelve a abrirse como alternativa frente a un sistema doméstico aún estrecho. No es, en sí mismo, una mala noticia: el financiamiento es condición necesaria para invertir y crecer. Pero la historia argentina enseña que la clave no está en el acceso, sino en la consistencia y salida. Si los pasivos en dólares avanzan más rápido que la capacidad de generarlos, el entusiasmo financiero puede transformarse en fragilidad macroeconómica. El nuevo ciclo no se define por cuánto se toma prestado, sino por cuánto se exporta y cuánto se acumula. Allí, más que en el volumen de deuda, se juega la estabilidad de los próximos años.
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