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Cambio en la prevención

Cuál es el factor invisible que gana peso en el riesgo cardiovascular

Salud cardiovascular

Por Redacción

La Sociedad Argentina de Cardiología plantea que deben incorporarse nuevas variables a los síntomas clínicos habituales.

La Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) advirtió la necesidad de incorporar un nuevo factor de riesgo de manera sistemática para cuidar la salud cardiovascular. Se trata de un problema diferente a todos los factores conocidos hasta ahora. Se basa en el concepto de “fragilidad” y si bien tiene un vínculo con el envejecimiento, no depende directamente de la edad que tengan las personas.

Las personas de más de 90 o de 100 años que hasta hace algunas décadas eran una excepción, hoy son cada vez más frecuentes. Y el envejecimiento de la sociedad obliga a replantear ciertos paradigmas médicos. Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte en personas mayores.

Durante décadas, la prevención se apoyó casi exclusivamente en factores tradicionales como la hipertensión arterial, el colesterol elevado, la diabetes, el sobrepeso y la obesidad, el tabaquismo y el sedentarismo, entre otros. Estos determinantes siguen siendo claves, pero se suma un nuevo grupo de factores.

Los cardiólogos definen a la ‘fragilidad’ como un síndrome independiente de la edad cronológica, de origen multicausal, influenciado por factores genéticos, clínicos, ambientales y psicosociales. Lejos de ser sinónimo de vejez, la fragilidad es considerada actualmente un síndrome biológico complejo y potencialmente reversible.

Esto significa que una persona puede tener la presión controlada, el colesterol en valores adecuados y no fumar, pero aun así presentar un riesgo cardiovascular elevado si existen otras vulnerabilidades que no están siendo detectadas.

“Entre los factores de riesgo menos conocidos que concentran actualmente la atención de los especialistas se encuentra la sarcopenia, que consiste en la pérdida progresiva de masa y fuerza muscular”, dice el documento de la SAC.

También aparece la nutrición, ya que “tanto el exceso de peso como la desnutrición pueden asociarse con peores resultados clínicos, con el agravante de que en las personas mayores, la malnutrición suele pasar inadvertida”. La disminución del apetito, las dificultades económicas, los problemas dentarios, la soledad o ciertas enfermedades crónicas pueden favorecer déficits nutricionales que impactan directamente sobre la fragilidad y el riesgo cardiovascular, explican.

Entre los condicionantes aparece el no vacunarse como “factor de riesgo” y explican: “Estar inmunizado frente a patologías como la gripe, la neumonía o el Covid-19, entre otras, permite evitar enfrentar cuadros que pueden contribuir a desencadenar episodios cardiovasculares, sobre todo en personas que además presentan algún otro factor de riesgo”.

Por otro lado, el documento de la SAC menciona la polifarmacia, y explica que el aumento de la expectativa de vida ha permitido controlar numerosas enfermedades crónicas, pero también ha generado una mayor exposición a tratamientos simultáneos. Muchas personas mayores consumen una gran cantidad de medicamentos a diario y, aunque en muchos casos son necesarios, los especialistas advierten que “la acumulación de fármacos incrementa el riesgo de interacciones medicamentosas, efectos adversos, caídas, deterioro funcional y dificultades para cumplir correctamente los tratamientos”.

Un elemento adicional es la evidencia de que la salud cardiovascular también depende de factores sociales, psicológicos y emocionales. “La depresión, el estrés crónico, la ansiedad, la soledad y el aislamiento social se asocian con una mayor incidencia de enfermedad cardiovascular y una peor evolución clínica. No tener pareja, contar con una red de apoyo limitada o carecer de vínculos significativos son situaciones que pueden afectar directamente la salud física”, señalan.

Modificadores del pronóstico cardiovascular

“El objetivo ya no consiste únicamente en diagnosticar enfermedades, sino en comprender cómo vive cada persona, cuál es su grado de autonomía, cómo se alimenta, qué nivel de actividad física mantiene, cuáles son sus vínculos sociales, qué apoyo recibe de su entorno y cuáles son sus objetivos de vida”, explica Sebastián Benítez coordinador de Consejos Científicos de la SAC.

“La fragilidad, la pérdida de autonomía, la sarcopenia o el aislamiento social pueden modificar profundamente el pronóstico cardiovascular de una persona mayor. Por eso debemos dejar de mirar solamente la enfermedad y comenzar a mirar a la persona en forma integral y en el centro de la toma de decisiones”, dice Guillermo Suárez, director del Consejo de Cardio Geriatría de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y uno de los coordinadores de la II Jornada del Consejo de Cardio Geriatría de la SAC llevada a cabo en Rosario sobre este temática.

Un aspecto innovador de esta visión es que no es suficiente la edad cronológica como parámetro para tomar decisiones médicas: dos personas de 80 años pueden presentar estados de salud (y, específicamente, riesgo cardiovascular) completamente diferentes. Mientras una mantiene independencia funcional, actividad física, vínculos sociales y buena reserva biológica, otra puede presentar múltiples déficits que la vuelven particularmente vulnerable.

Sergio Baratta, presidente de la SAC, afirma: “Frente al envejecimiento de la población, los médicos tenemos que tener en cuenta que el adulto mayor necesita un tipo distinto de atención, con un abordaje muy específico, para el que los profesionales de la salud deben complementar su formación. Por eso desde la SAC conformamos este nuevo Consejo de Cardio Geriatría”.

Los especialistas proponen priorizar el concepto de edad biológica por encima de la edad cronológica. La diferencia no es menor. La edad cronológica indica cuántos años ha vivido una persona y la edad biológica, en cambio, refleja cómo envejecieron realmente sus órganos, sistemas y capacidades funcionales.

La evidencia muestra además que la relación entre fragilidad y enfermedad cardiovascular es bidireccional. Por un lado, las enfermedades cardiovasculares favorecen el desarrollo de fragilidad. Por otro, la fragilidad aumenta la probabilidad de sufrir eventos cardiovasculares graves y empeora significativamente el pronóstico de quienes ya presentan una enfermedad cardíaca.

Estudios internacionales citados en el documento de la SAC muestran que la prefragilidad y la fragilidad se asocian con un incremento significativo de la mortalidad y de los eventos cardiovasculares mayores, incluso después de ajustar por los factores de riesgo tradicionales.

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