Qué verdades revelaron los discursos de Milei, Pullaro y Javkin en el Monumento.
Los actos patrios suelen ofrecer más gestos que definiciones. La ceremonia por el Día de la Bandera, en Rosario, permitió observar cómo tres dirigentes empiezan a pararse frente a un mismo proceso desde lugares completamente distintos.
Javier Milei ocupó el rol de quien, a poco más de un año de la elección presidencial, aún ordena la política nacional. Maximiliano Pullaro aprovechó el escenario para insistir en la construcción de un perfil propio, cuidadosamente diferenciado de la Casa Rosada, mientras que Pablo Javkin volvió a presentar a Rosario como una ciudad que pretende dejar atrás el estigma de la violencia para recuperar centralidad desde la gestión.
Ninguno improvisó. Cada uno habló pensando bastante más en el calendario electoral que en Manuel Belgrano, al que incluso el presidente y el gobernador describieron de un modo casi antagónico. Para el libertario el creador de la bandera fue “el primer intelectual liberal” y para el radical el hombre que desde el Estado “fundó escuelas, hospitales públicos”, y que creó “la universidad pública y gratuita en el país”.
Aun con los desaguisados por las denuncias que están amenazando la continuidad del Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, Milei continúa siendo el dirigente que organiza el sistema político argentino. Los adversarios que pretenden enfrentarlo siguen definiendo su estrategia en función de los movimientos, las políticas y las formas que exhibe el libertario.
Eso explica que el discurso presidencial volviera a girar sobre la batalla cultural y la idea de libertad como eje ordenador de su proyecto. No necesitaba conquistar Rosario. Le alcanzaba con ratificar un liderazgo que hoy nadie dentro del espacio no peronista logra discutir con solidez.
Pullaro jugó otro partido. Desde hace tiempo intenta enviar señales de autonomía. La foto con Mauricio Macri, la construcción de vínculos con otros gobernadores y ahora un discurso centrado en federalismo, producción, infraestructura y seguridad forman parte de una misma secuencia. No parece casual.
El gobernador intenta instalar una identidad distinta de la libertaria sin romper con el gobierno nacional. Es un equilibrio delicado. Necesita que a Milei le vaya razonablemente bien. La estabilidad macroeconómica beneficia a cualquier administración provincial y Santa Fe no es la excepción.
Pero al mismo tiempo sabe que, si La Libertad Avanza consolida una estructura propia en la provincia, el oficialismo nacional terminará disputándole buena parte del mismo electorado que hoy sostiene a Unidos.
Ahí aparece la principal tensión de su estrategia. ¿Cómo diferenciarse sin confrontar? ¿Cómo construir una referencia política propia mientras el dirigente que concentra la representación del voto no peronista sigue siendo Milei?
Hasta ahora Pullaro eligió una respuesta pragmática: acompañar donde existe coincidencia, reclamar cuando los intereses de la provincia así lo exigen y evitar quedar atrapado tanto en el oficialismo nacional como en una oposición frontal.
Ese movimiento, sin embargo, enfrenta un interrogante profundo: ¿existe realmente el espacio político que pretende ocupar como armador y una de sus principales figuras?
La hipótesis del gobernador parece ser que, tarde o temprano, aparecerá un electorado que quiera sostener las reformas económicas impulsadas por Milei, pero sin los niveles de confrontación ni la lógica disruptiva que caracterizan al presidente.
Es una posibilidad. También puede ocurrir exactamente lo contrario. Si La Libertad Avanza consigue institucionalizarse y construir dirigentes competitivos en las provincias, ese electorado podría seguir identificado con la marca libertaria y dejar muy poco margen para una alternativa de centro reformista.
La política argentina ya mostró antes lo difícil que resulta construir espacios intermedios cuando un liderazgo logra monopolizar la representación del cambio.
Por eso el principal desafío de Pullaro quizás no sea diferenciarse de Milei, sino demostrar que existe un mercado electoral para esa diferenciación.
Javkin también aprovechó la jornada para reforzar una construcción propia. Su discurso estuvo pensado menos para intervenir en la discusión nacional que para consolidar una narrativa sobre Rosario.
Después de años en que la ciudad quedó asociada casi exclusivamente a la violencia y al narcotráfico, el intendente intenta instalar otra imagen: la de una ciudad que produce, innova y recupera protagonismo gracias a una mejora en las condiciones de seguridad.
Es una estrategia comprensible. Rosario necesitaba dejar de ser noticia únicamente cuando aumentan los homicidios. Pero también requiere que esa recuperación sea percibida como un proceso consolidado y no como una fotografía circunstancial.
Comitiva oficial e interna libertaria
La comitiva presidencial también dejó señales. La presencia de Adorni estuvo inevitablemente atravesada por las denuncias y cuestionamientos públicos que hoy pesan sobre su figura. Más que ampliar políticamente la foto del oficialismo, terminó introduciendo un elemento de ruido en una ceremonia que buscaba transmitir autoridad institucional.
No alcanza para alterar el liderazgo de Milei, que sigue siendo el principal activo político del gobierno, pero sí recuerda que incluso las administraciones que llegan prometiendo romper con las prácticas de la vieja política empiezan a enfrentar el desgaste que producen las controversias sobre transparencia y gestión.
Victoria Villarruel aportó otra lectura. Su presencia, relegada en el sector de las autoridades locales, buscó mostrar una imagen de normalidad institucional, aunque sin borrar las diferencias que desde hace tiempo atraviesan la relación con el presidente.
La vicepresidenta aprovechó su estadía en Rosario para diferenciarse del gobierno, mostrarse junto a Pullaro y criticar la presencia de Adorni. Ella también piensa en armarse un futuro político. Esa construcción, sin embargo, está hoy rodeada de una bruma espesa.
Quizás la mayor enseñanza del acto no haya estado puntualmente en ninguno de los discursos, sino en la fotografía completa. Milei continúa ocupando el centro del tablero político. Pullaro intenta construir una posición para el momento en que ese tablero vuelva a moverse. Javkin procura que Rosario sea un actor de esa discusión y no apenas el escenario donde otros la protagonizan.
Son estrategias distintas para tiempos distintos. El presidente gobierna el presente. El gobernador parece invertir parte de su capital político pensando en una reconfiguración futura. La incógnita es si esa reconfiguración llegará en el tiempo que imagina o si La Libertad Avanza terminará ocupando también ese espacio que hoy Pullaro intenta reservar para él y sus aliados. Esa pregunta todavía no tiene respuesta.
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