Una experiencia en el mundo de las ventas pone el foco en cómo gestionar las relaciones profesionales más allá de la competencia.
Cuando recién comenzaba como Supervisor de Ventas en Pepsi tenía una tarea muy particular: atender el turno nocturno.
Así llamábamos al recorrido por los clientes que abrían después de las seis de la tarde. En ese horario nosotros no teníamos vendedores exclusivos y, salvo Coca-Cola, casi ninguna empresa atendía ese mercado. Los dueños de muchos bares, cabarets y restaurantes terminaban comprando las bebidas en los supermercados y, como era lógico, elegían mayoritariamente Coca-Cola.
Nuestro recorrido comenzaba alrededor de las siete de la tarde. Salíamos con un camión cargado de botellas de vidrio de un litro —esas que hoy despiertan tanta nostalgia— y las individuales de 284 cc.
La primera parada era el cabaret Brasilia, en San Martín al 400, en Rosario. Era un lugar fascinante. Lo frecuentaban marineros de barcos que llegaban al puerto cerealero más importante del país. Allí vi escenas que parecían sacadas de una película: griegos bailando y rompiendo platos, marineros rusos cantando y bailando Yablochko ("Manzanita") después de varias copas, mientras las señoritas del lugar intentaban seguirles el ritmo. Más de una vez me costaba seguir trabajando porque era imposible no quedarse mirando semejante espectáculo.
Después seguían bares, restaurantes, whiskerías y confiterías bailables.
El último cliente era el cabaret Telarañas, ubicado en Ovidio Lagos y Rivadavia, donde el encargado, Santiago, me esperaba con una pregunta: "Un mate o vino, elegí."
Pero cerca, sobre Ovidio Lagos, entre Güemes y Avenida del Valle, estaba otro cabaret. Allí llegaba mucha gente del interior que descendía de los trenes cerca de las once de la noche y esperaba hasta la una de la madrugada para ver el show de una artista muy famosa en esa época: Rita La Salvaje (*).
Confieso que, más de una vez, hacía lo imposible para ver el espectáculo.
Una fría noche de invierno terminamos el recorrido antes de lo habitual. Las ventas habían sido flojas y eso aceleró el trabajo. Como siempre, antes de preparar el pedido había que contar los cajones vacíos. Mientras el fletero descargaba la mercadería, yo acomodaba envases y hacía el recuento.
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De pronto se detuvo a mi lado un Fiat 133 pintado con los clásicos colores rojo y blanco de Coca-Cola.
Al volante estaba un excompañero de trabajo. Sin bajarse del auto, sonrió con cierta ironía y me dijo:
—¿Qué hacés, "Nene"? ¿No te da vergüenza vender Pepsi?
La pregunta me cayó como un puñal.
Habíamos trabajado juntos y siempre nos habíamos llevado bien. No entendía aquella agresión gratuita. Era la una de la mañana. Yo estaba transpirado, levantando cajones de vidrio en pleno invierno, intentando cumplir con mi trabajo.
Lo miré y le respondí con tranquilidad:
—Vergüenza me daría no trabajar. Pepsi me dio una oportunidad cuando la necesitaba y gracias a este trabajo puedo mantener a mi familia y a mis dos hijas, muy pequeñas…
No contestó una sola palabra. Arrancó el auto y se fue.
Me quedó una mezcla de tristeza e indignación. Aquella noche habíamos vendido poco y ese comentario terminó de amargarme.
Por suerte, unos minutos después comenzó el show de Rita La Salvaje y, como tantas otras veces, las risas y el divertimento del público lograron cambiar el ánimo de todos.
La vida, sin embargo, todavía tenía guardado el último capítulo de esa historia.
Dos años más tarde ya era Jefe de Ventas. Una mañana, estando en la oficina, un compañero me avisó:
—Te busca un señor..."Fulano de Tal."
Era él.
Entró mucho más serio que aquella madrugada. Charlamos unos minutos y finalmente me contó que había sido despedido de Coca-Cola. Vino a preguntarme si existía alguna posibilidad de trabajar en Pepsi.
Por un instante volvió a mi memoria aquella escena del Fiat 133, los cajones de vidrio y la pregunta que tanto me había dolido.
Podía recordársela. Podía devolverle exactamente la misma moneda. Pero elegí otro camino.
Le dije que en ese momento no teníamos vacantes, aunque haría todo lo posible para ayudarlo. Esa misma semana llamé a varios colegas de otras empresas para recomendarlo.
No sé si alguna vez supo cuánto me había lastimado aquella noche. Tampoco hizo falta.
Con los años entendí que el mayor desquite no consiste en devolver una humillación. Consiste en demostrar que uno puede ser mejor que ese momento.
La vida da muchas vueltas. Hoy podemos estar arriba y mañana necesitar la mano de quien ayer despreciamos. Por eso nunca conviene confundir el éxito con la superioridad. Los cargos cambian, las empresas pasan, pero el respeto por las personas es el único capital que nunca pierde valor.
(*) Rita La Salvaje: fue una célebre bailarina desnudista que se inició en la década del 40 y usó su seudónimo en los números de striptease de diversos cabarets rosarinos. Se convirtió en símbolo de la vida nocturna de la ciudad. Ella fue la primera, la pionera en bailar desnuda. Su primer lugar de actuación en Rosario fue el cabaret Tetuán (Santa Fe entre Paraguay y Roca) en los años '40. En los '50 siguió con sus presentaciones en el prostibulario barrio Pichincha.
La célebre bailarina dijo alguna vez: "Qué no voy a ser famosa, si fui la primera que hizo striptease en Rosario..."
Llegó a compartir escena con grandes artistas como Astor Piazzolla y Roberto "El Polaco" Goyeneche. Y fue la creadora del mito del caramelito, pero esa es otra historia…
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