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Fuimos alterados

Un economista publicó un libro sobre lo que perdemos con la tecnología

Por Redacción

Alberto Ades analiza cómo apps, celulares e IA alteran la atención, los vínculos y hasta nuestra forma de orientarnos.

La tecnología resolvió tareas, acortó distancias y volvió más simples muchas rutinas. Pero, detrás de esas ventajas, también cambió habilidades y costumbres que hasta hace pocos años parecían naturales. Ese es el punto de partida de Lo que se desvanece, el libro que presentó Alberto Ades para analizar qué ocurre con la atención, los vínculos, la orientación y la privacidad en una vida atravesada por herramientas digitales.

Economista, PhD por Harvard y abogado por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Ades planteó que el fenómeno no puede reducirse a una pelea entre tecnología buena o mala. El libro no propone abandonar los avances ni recuperar un pasado idealizado, sino observar qué capacidades se utilizan menos a medida que aplicaciones y dispositivos empiezan a resolverlas por los usuarios.

Alberto Ades.

Entre los ejemplos aparecen Waze, los relojes inteligentes y los equipos que registran actividad física. Sus beneficios son evidentes: facilitan desplazamientos, ordenan recorridos y permiten seguir distintos parámetros personales. El interrogante pasa por lo que sucede cuando esas funciones dejan de ejercitarse sin asistencia.

La orientación espacial es uno de los casos. También la lectura sostenida y la capacidad de concentración. Ades analizó cómo el uso permanente de herramientas que indican qué camino tomar, qué información mirar o qué actividad realizar puede modificar hábitos que antes dependían en mayor medida de la memoria, la atención y la decisión individual.

El cambio también llegó a las relaciones personales. Las llamadas telefónicas, por ejemplo, incorporaron una nueva etiqueta. Antes de llamar, muchas personas consultan por mensaje si el otro está disponible, si prefiere recibir un audio o si puede hablar en ese momento. La comunicación ganó opciones, pero también alteró la idea de disponibilidad inmediata que durante décadas estuvo asociada al teléfono.

Otro capítulo sensible pasa por los datos personales. El uso cotidiano de plataformas y servicios digitales implica entregar información sobre recorridos, intereses, actividad y comportamientos. Ades puso el foco en esa cesión permanente de datos y en la capacidad que acumularon las compañías tecnológicas para conocer hábitos de sus usuarios.

La inteligencia artificial sumó una nueva escala al debate. Su avance no solo modifica tareas y formas de consumir información, sino que abre discusiones sobre regulación, seguridad y concentración de poder en grandes empresas. El planteo que atraviesa el libro vuelve entonces sobre la misma pregunta: cuánto se gana con cada nueva herramienta y qué prácticas empiezan a quedar en segundo plano mientras la tecnología se vuelve cada vez más difícil de separar de la vida cotidiana.

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