El filósofo, escritor y ensayista Santiago Kovadloff estuvo en Rosario en el marco del 69º aniversario de la Asociación de Industriales Metalúrgicos y se hizo un espacio para dialogar con la prensa y analizar el conflicto entre el líder camionero Hugo Moyano y al Gobierno, un enfrentamiento que el filósofo calificó incluso como “más contundente” que el que la administración central debió atravesar en 2008 con el sector agropecuario.
¿Qué análisis puede hacer de la coyuntura actual del país, sobre todo partiendo desde esta disputa que se da entre el Gobierno y un sector del sindicalismo que hasta hace no mucho tiempo atrás era un aliado?
Son dos sectores que expresan un mismo concepto de poder, que es la idea de una hegemonía excluyente. En la medida en que ambos expresan un mismo concepto del poder, una misma noción de la palabra como palabra primordial, una misma idea del sector propio como un sector que está llamado a ejercer presiones sobre los otros para poder manifestar una preponderancia excluyente, entonces diría que estamos ante una lucha que expresa muy bien disidencias entre quienes se disputan un mismo concepto del país, aun cuando en el orden más externo podría decirse que están enfrentadas una ideología que desde el oficialismo se define como progresista y otra que sería conservadora, representaría un sindicalismo tradicional y un peronismo que no pareciera haberse renovado a lo largo de los años.
No obstante si se profundiza un poco más y se advierte hasta qué punto el Gobierno tiene una actitud conservadora en su concepto de poder -porque no entiende la existencia de interlocutores con quienes cotejar, ponderar y evaluar sus conceptos de gobierno- diría que el Gobierno y el sindicalismo se mantienen en una noción intransigente, y en esa medida, conservadora del poder.
¿El pedido de Moyano es por los trabajadores o porque ha perdido poder ante el Gobierno?
En este tipo de cosas lo que conviene hacer cuando uno es un observador es preguntarse qué es lo que ignoro. Es evidente que el problema es de una complejidad enorme. Quienes observamos el escenario político desconocemos un caudal muy grande de encuentros que están por detrás de las bambalinas y que de alguna manera expresan la necesidad de acordar entre quienes en el orden manifiesto aparecen disputándose el poder.
Pero este enfrentamiento creo que se produce entre dos conceptos diferentes del peronismo: uno en el cual el peronismo es instrumentado como instancia intermediaria para alcanzar otro concepto de poder que es el que impulsa la Presidenta y que respalda una noción populista del Gobierno, y otro más conservador, más volcado al mantenimiento del status quo en el orden del discurso manifiesto que es el de Moyano. Pero me parece que es una disputa que yo llamaría interna, dentro de una misma cultura del poder.
¿Esta disputa interna si se llevara al extremo podría ser hasta más compleja que lo que pasó en el 2008 respecto a lo que fue la resolución 125?
Creo que sí, porque aquí estamos ante un sector cuyo entrenamiento político es mucho más intenso. Son veteranos de guerra. Tienen un arduo entrenamiento en la disputa por el poder y una larga experiencia en la concepción de los liderazgos no compartidos, aquí no se ha construido una Mesa de Enlace. De modo que yo creo que puede tener una contundencia mayor, pero no dejaría de subrayar los acuerdos que se alcanzan detrás de las bambalinas. En el orden manifiesto, la política privilegia los discursos dicotómicos, a veces por detrás de ellos se acuerda entre quienes se muestran irreconciliables.
¿Y qué papel juega la oposición?
Ninguno, porque creo que no tiene protagonismo en este momento.
¿No estaría Moyano corporizando esa oposición?
Moyano no es la oposición. Moyano es el poder peleándose consigo mismo.
Es decir, no ve a otro político que le haga de oposición al Gobierno.
Creo que todavía la Argentina adolece desde comienzos de este siglo de una reconstrucción plena del bipartidismo y en esa medida me parece a mí que no tiene posibilidades de representar a un sector de la población que puede ser nucleado en términos muy rápidos en un 46% de disidentes con el Gobierno, pero sumamente fragmentados y, a fuerza de fragmentación, relativamente irrelevantes en el orden de la incidencia política más intensa.